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La polarización ya no sólo en la política colombiana

📔 Bitácora Crítica, Punzante y Sin Tapujos

Colombia, una nación atravesada durante décadas por cicatrices profundas, memorias dolorosas y una sensibilidad colectiva marcada por la violencia política, el conflicto armado y las fracturas sociales. Por eso, alrededor de figuras públicas como Abelardo de la Espriella, más que escenarios de miedo absoluto o relatos apocalípticos, una reflexión humana, serena y consciente sobre el país que millones de colombianos desean para las próximas generaciones.

En las calles, en las redes sociales, en las conversaciones familiares y en los espacios políticos, un ambiente de tensión permanente. Palabras cargadas de rabia, posiciones extremas, desconfianza mutua y un cansancio social evidente frente a la confrontación constante. Muchos ciudadanos con temor frente al futuro; otros, con sentimientos de frustración acumulada por años de desigualdad, inseguridad y abandono institucional.

La polarización ya no solamente dentro de la política. También en los hogares, en las amistades y hasta en las comunidades más pequeñas. Una sensación colectiva de distancia emocional entre colombianos que, en el fondo, comparten preocupaciones similares: estabilidad, tranquilidad, empleo, salud, educación y dignidad para sus familias.

Por eso, cualquier narrativa relacionada con guerra civil, odio nacional o destrucción institucional solamente más angustia sobre una sociedad históricamente golpeada por el dolor. Colombia ya demasiadas madres sin hijos, demasiados territorios marcados por la violencia y demasiadas generaciones creciendo entre noticias de sangre, confrontación y miedo.

El país necesita otro tono. Menos agresividad verbal, menos discursos construidos desde la rabia y más sensibilidad humana frente a las heridas colectivas. Porque detrás de cada ideología, de cada candidato y de cada corriente política, personas reales con historias, dificultades y esperanzas legítimas.

Muchos colombianos ya agotamiento emocional frente a un debate público convertido casi siempre en trincheras. De un lado, discursos sobre “castrochavismo”; del otro, relatos sobre “fascismo” o “dictadura”. Y mientras tanto, los problemas cotidianos de millones de ciudadanos todavía presentes: hambre, desempleo, inseguridad, corrupción y desesperanza social.

La democracia no solamente elecciones. También convivencia, respeto y capacidad de reconocer la humanidad del otro incluso en medio de profundas diferencias ideológicas. Un país dividido por el odio político, inevitablemente más frágil, más vulnerable y más distante de cualquier proyecto serio de transformación social.

En Colombia, demasiadas familias marcadas por recuerdos de bombas, secuestros, desplazamientos, asesinatos y persecuciones. Por eso, cualquier lenguaje relacionado con confrontación interna o violencia nacional inevitablemente despierta memorias dolorosas en amplios sectores de la sociedad.

Más que miedo colectivo, una necesidad urgente de reconciliación emocional y madurez política. Más que enemigos internos, ciudadanos con visiones distintas sobre el rumbo nacional. Más que fanatismos, humanidad. Más que insultos, empatía. Más que confrontación permanente, un país con capacidad de escucharse nuevamente.

Porque ninguna diferencia política debería transformar al vecino en enemigo ni convertir la democracia en un escenario de odio entre compatriotas.

La historia colombiana ya demasiado sufrimiento. Y quizás este momento histórico una oportunidad para un lenguaje más prudente, más humano y mucho más consciente del valor de la convivencia nacional.

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