La reciente escalada de violencia en el suroccidente del país desató un enfrentamiento en redes sociales
El suroccidente colombiano vuelve a arder… y no solo por la pólvora de los fusiles, sino por la mezquindad del discurso político que se alimenta del dolor ajeno.
La reciente escalada de violencia en el departamento del Cauca no solo dejó víctimas mortales y familias destrozadas; también desató una guerra paralela en redes sociales, donde el oportunismo político compite con la indignación ciudadana. Esta vez, la voz que rompió el libreto fue la de Felipe Camacho, quien arremetió sin anestesia contra la candidata presidencial Paloma Valencia.
“Miserable politiquera… dejen de vendernos miedo para imponer su seguridad”, lanzó Camacho, en una frase que resume el hastío de una región históricamente golpeada, usada y olvidada. No es solo rabia: es memoria acumulada.
El detonante fue la masacre en el sector de El Túnel, en Cajibío. Catorce civiles asesinados. Entre ellos, la lideresa social Patricia Mosquera. Nombres propios que no deberían diluirse en estadísticas ni convertirse en munición electoral.
Pero en Colombia, la tragedia rara vez se queda en silencio.
Camacho apuntó directamente a la raíz estructural del problema: la fallida implementación del Acuerdo de Paz de 2016 durante el gobierno de Iván Duque, y la oposición férrea del Centro Democrático. Según su denuncia, lo que hoy vive el Cauca no es un fenómeno espontáneo, sino la consecuencia de decisiones políticas que privilegiaron la narrativa sobre la solución.
Y como si fuera un déjà vu político, sectores de derecha desempolvan nuevamente la bandera de la “Seguridad Democrática”, el mismo libreto que convirtió a Álvaro Uribe en figura dominante durante dos décadas. Incluso se menciona —sin rubor— su eventual regreso como ministro de Defensa.
La pregunta es inevitable: ¿estrategia real o reciclaje electoral?
Para Camacho, la respuesta es clara: “Cada cuatro años lo convierten en discurso político, pero nunca en solución estructural”. Una acusación grave que pone el dedo en la llaga de la política colombiana: la incapacidad crónica de traducir promesas de seguridad en paz sostenible.
Mientras tanto, en el Cauca no hay debates… hay entierros.
Y en medio de esa realidad brutal, la política sigue jugando su partida. Con fichas humanas.
Crítica punzante:
El país no necesita más discursos de guerra ni nostalgias de mano dura. Necesita coherencia, implementación y presencia real del Estado. Porque cuando la seguridad se vuelve eslogan, la violencia se convierte en rutina.
Conclusión incómoda:
El Cauca no es un botín electoral. Pero lo siguen tratando como si lo fuera.